Película: La chica del mostrador

Acabo de concluir la proyección de 'Shopgirl', película del año 2005. En su momento, fui instigado a visualizarla por una recomendación insinuada por Hugo Samuel, una voz de la que rara vez desestimaba las sugerencias. En esa era temprana, el porqué de mi deleite se difuminaba entre la niebla de mis impresiones fugaces. Transcurrió una década para que mi camino volviese a cruzarse con el filme. Al consultar las crónicas digitales, la cinta se sitúa en el año 2005, un mismo albor de años que asistió al alumbramiento de mi primogénita. Al conectar las efemérides, la reflexión apunta a que transcurrió un intervalo considerable desde el estreno de la cinta hasta que se coló en mi esfera de acceso, acaso gracias al oculto dominio del torrente digital, única vía que presagino como portal para mi visionado de antaño. En último término, tras un largo peregrinaje, sus imágenes se cruzaron ante mí, encontrando un resguardo en una de las múltiples góndolas de ofertas cinematográficas de los Estados Unidos, adquirida en una de las travesías que este año promulgó en busca de mercancías estadounidenses con el propósito de reventa. Consumé la obra en su totalidad, con la mente cifrando sólo los aspectos cruciales de su argumento, dejando escapar las anécdotas menores que se entrelazan como hilos sutiles en la trama. Fijé la atención en las miradas, esos trances elocuentes entre personajes, en la inversión temporal en las escenas donde las miradas trascienden palabras. Es en esta inversión, en ese detener el reloj, donde yace una ausencia, una anacronía que hoy escasea en los lienzos cinematográficos contemporáneos. No me atrevo a encasillarla en el género de las películas románticas, mas si en su ámbito persiste la chispa amorosa, es un espejo donde se refleja el complejo dilema del corazón indeciso. Una escena clave rubrica este dilema: Mirabelle interpela a Ray, su voz es susurro, interpelante: ¿Por qué no me amas? La respuesta latente, el amor en simiente, pero como hoja mecida por la brisa de la incertidumbre. Los comentarios diáfanos del director, las impresiones de Steve Martin, epítomes que hallan eco en la afirmación de que esta historia es un retazo de la vida misma. Tengo para mí que, al arribar a una edad cierta, con la asimilación de las experiencias, letras y recuerdos, se va forjando en el ser una retícula de juicios y certezas sobre lo que debe ser y cómo actuar ante los dictámenes del corazón. Y así, entretejiendo los hilos de lo anhelado y lo ineludible, me vierte la historia en la corriente de su torrente, confirmando que nacimos para vivir y sentir, aunque enturbien las aguas los raudales de las aprehensiones y pesares

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